Vida.

Capitulo 2. Fragmento.

Don Ricardo Ávila Salazar, un personaje lleno de historias patrióticas, que eran casi del conocimiento colectivo, y que siempre contaba con orgullo hasta pocos días antes de morir. Los relatos que no habría de contar para que no se hicieran del conocimiento público, fueron sus amores extramaritales mientras estuvo casado con la mujer quien lo acompañó hasta poco antes de morir, Doña Fermina Intriago, hija de un hacendado Neogranadino llamado Cándido Gutiérrez y de una dama Cumanesa de nombre Lucia Mogollón. Uno de estos amores fuera del matrimonio, en un pueblo a orillas del río Unare específicamente, fue con una bellísima dama cuyo nombre era Corina Mercedes Brito, de familia modesta, quien dio a luz a un niño a quien ella misma llamó Arquímedes y que fue presentado al registro civil solo con el apellido de soltera. Arquímedes que desde muy joven supo encaminarse para poder retar su destino, recordaba siempre sus primeras ocupaciones impuestas por la pobreza al mudarse a Santa Cruz. Siendo él un jovencito, se desempeñó como ayudante de zapatero; también le tocó como cargador de agua y vendedor de leña. Había llegado cuando el pueblo todavía no era pueblo, sino una comunidad de escasas casas con techos de paja, dispuestas a lo largo de una sola calle.

Cuando doña Corina tuvo la oportunidad de decirle a su hijo el nombre de quien le había engendrado, este le contestó_ Y para que saber…para que el odio se me acreciente…si es así, es mejor no saber nada_ La verdad es que nunca tuvo la oportunidad de enterarse, sino hasta el último momento en el lecho de muerte del padre. Una salvación benévola para que don Ricardo se fuera en paz hacia la otra vida, auspiciada por el llamado de la sangre y el consuelo tardío de su último aliento _ Espero que algún día perdones a este viejo desgraciado_ Esas fueron sus últimas palabras y detrás de ellas, el desconsuelo provocado por los caprichos del tiempo, en un Arquímedes que no acostumbraba a amilanarse, pero que esta vez, descubriría que tanto amor y odio juntos, no podían caber en ninguna parte.


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