Vida.

Capítulo uno

La muerte de don Miguel López Ascanio fue un hecho tan insólito que solo los sortilegios y embrujos con el tiempo pudieron esclarecer. Santa Cruz aún conservaba la apariencia de pueblo pequeño, en su mayoría conformada por familias venidas del centro y occidente que escapaban de los horrores de la guerra de independencia. Algunas cargadas de Joyas y monedas de oro, que ocultaban en sus tierras por el temor a ser robadas por las guerrillas de pardos, negros libertos, esclavos alzados, indios y zambos que sembraban el terror y el pillaje. Después, con los años, estos tesoros escondidos, y los que fueron sepultados con el correr del tiempo, guardarían un misterio tan desentrañable, que hacía casi imposible que personas ajenas al entierro pudieran hacer uso de él.

El Padre Nemesio, que para aquel entonces comenzaba a mitigar los secretos de los encantamientos y hechizos de tesoros enterrados, entre otros misterios que asechaban hasta los cristianos más asiduos, y que diera lugar en convertirse luego en una especie de investigador consagrado para los enigmas paranormales, al escuchar la noticia, la corazonada de una verdad oculta tras el deceso, no le hizo perder tiempo en ir hasta aquella escena incierta a mitad de la montaña, con la excusa de que a los muertos había que orarles estando todavía tibios para librarlos de los pecados que los llevarían al descanso eterno.

El Cura se encontró con un cadáver que aún conservaba la apariencia inequívoca del infortunio, cuya cabeza reposaba sobre una piedra bañada en sangre, con la cual se suponía que había encontrado la muerte al caer de su montura. Era un escenario donde el argot de los mormullos sollozantes de la mayoría de las mujeres presentes desde las horas póstumas del deceso, enmarcarían un cuadro de tal dolor, que era digno de una epopeya de fin de mundo.

Luego de los rezos de rigor, de la compañía de algunas viejitas de rostros hinchados de tanto llorar y de que la representación de la ley hubiera retirado al difunto, estando solo bajo el Samán, el Padre Nemesio no tardó mucho tiempo en percibir las señales que denotaban el intento fallido de destierro. Comenzando con la supuesta piedra donde Don Miguel habría de encontrarse con la muerte, moldeada por las corrientes incesantes del rio a través de muchos años y que viniera a parar tan lejos, sin ninguna utilidad aparente; y a pocos metros, a tan solo unos pasos, la presencia de un surco de poco más de un metro donde la tierra parecía haber sido removida sin compasión alguna.

Varios años después, en una noche de luna nueva, luego de que se diera las doce, el viento indomable habría de convertirse en el atributo excepcional para acentuar los miedos de las almas incautas, azotando los techos de algunas casas, pero en la morada de Los López Marrero, además de la penumbra, el tiempo parecía haberse detenido por completo. Sólo quedaba la quietud que rondaba los espacios entre las paredes cubiertas de negrura. Daba la impresión de que los sapos y grillos se confabulaban en una especie de calma súbita, para luego dejar escuchar el sonido de cadenas arrastrándose por el piso de cemento pulido. Fue tal el estruendo, que hizo despertar de sobresalto la pobre humanidad de Richard, siendo él, el único de la familia en quebrantar las horas de sueño. Su cuerpo se entumeció por completo por el desamparo de lo desconocido y, una gota de sudor, fría como el sereno, recorrió su mejilla mientras se armaba de valor para salir de la pieza.

A Richard siempre le atraía escuchar historias de muertos, pero nunca creyó del todo en ellas; sin embargo, pese a sus creencias, para el momento que decidió salir, todo su rostro estaba empapado, como si estuviera expuesto a un calor sofocante. Se paseaba por el corredor de la casa con el apremio de un instinto vacilante en adivinar el lugar exacto donde se encontraban los muebles para no tropezarse, mientras, percibía el sonido cada vez más fuerte de los alaridos del loro que yacía dentro de su Jaula con la mirada de angustia reflejada en su emplumado rostro, gritando todas las groserías que existían en su dialecto consabido de manos de los hermanos López Marrero. Todo a causa de un Rabipelado (Zariguella) que había saltado de una de las ramas de la mata de Níspero hacia la cocina, luego de tratar en vano de meterse al gallinero, por estar asegurado con tela de alambre. Tanto los animales en cuestión, como el mismo Richard, no pudieron precisar quién se encontraba más impresionado con el alboroto, ya que se trataba de una escena que nunca se había suscitado dentro de la casa. Luego de espantar al animal asechador y de tapar la jaula con el trapo que inexplicablemente yacía en el piso, de regreso a su cuarto, convencido de se trataba de un sueño del cual había despertado antes de tiempo, Richard pretendió no prestarles mucha importancia a aquellos ruidos extraños; pero al pasar por los retratos pintados de su padre y su abuelo muertos que colgaban de la pared, pudo ver que estos reflejaban a través del vidrio una esfera de luz muy brillante que se paseaba lentamente por el corredor hacia la puerta de entrada.

El muchacho siguió aquel destello con el presentimiento que se trataba de la señal de un entierro, como tantas veces lo había escuchado decir, pero al salir de la casa y ver que todo estaba a oscuras, bajo el fragor de los misterios de aquella noche en particular y con el palpito de una sensación totalmente desconocida, opto por quedarse observando aquella luz posándose al pie del camino que daba hacia la montaña. ¡Luego de decir para sus adentros_ Ta borracho! _ se tomó varios segundos para concluir que a pesar que no lo pudo divisar más claramente, le apremiaba la idea que tal suceso al fin de cuentas era producto de su propia imaginación y, así como apareció la esfera de luz, esta se desvaneció dejando una estela de color blanco azulado.

Su vecino Valerio Vera, el último descendiente de los primeros indígenas que habitaron aquellas tierras, con la mirada vacía y sus ojos tan negros y profundos como los de una bestia salvaje, cuya muerte llevaba a cuestas desde hace muchos años, entraba en una especie de trance mediante rituales de hechicería para venerar a Kuai-mare, el espíritu de un Indio Chamal Brujo y mediador de entidades buenas y malas, que intercedían ante sus peticiones para así poder lograr dar de una buena vez con el entierro de monedas de oro de Don Fausto López.

Una vez más Richard se levantó con sobresalto, percibiendo un olor extraño y a la vez seductor, sin sospechar que se trataba de un embrujo de parte de su vecino para atraerlo. Así que se levantó de su catre y comenzó a rastrear aquel aroma como si fuera un sabueso entrenado. Luego de pasar por la cocina, esta vez con lámpara en mano y asegurarse de que el Loro estuviera a salvo de alguna depredación inminente, siguió hasta el patio trasero para tomar una perola de cargar agua en sus manos y así brincar algunos bahareques de casas vecinas, hasta llegar donde emanaba aquel aroma, en donde su vecino, el viejo y enigmático ermitaño, el hechicero brujo, invocaba al espíritu de su ancestro. Valerio tenía como indumentaria, una faja teñida a la cabeza, brazaletes de caracol en los brazos y un collar de huesos de animales pequeños. En medio de la humareda emergió el espíritu de Kuai-mare, transcurrieron pocos segundos hasta que un ruido que provenía desde lo más apartado del patio, hizo que tal espectro se desvaneciera dejando a su invocador con la mirada fija y penetrante hacia donde se encontraban los platanales del huerto. Tal impacto paranormal dejó a Richard inmóvil, las piernas no le daban, tan solo pudo dar un paso para tratar de no dejarse ver, pero su debilitado esfuerzo no le sirvió de mucho.

Valerio había adquirido cierta reputación de curandero sabio, gracias al oficio de la hechicería, aunque la mayoría de sus aciertos se basaban en meras casualidades, como cuando curó al viejo Nicomedes del mal de Chagas, untando la picada del Chipo con aceite de orégano, mientras, le daba de tomar un mejunje a base de resina del fruto de palmera y ron blanco. Pero hubo algunos casos en que los enfermos no se mejoraban, al contrario, los pocos que llegaron a sobrevivir, sentían haber regresado de la muerte por poco. Pese a que estaba consciente de que su don ancestral se le daba muy pocas veces, combinaba su habilidad impoluta para incautar a la gente; sin embargo, en esa noche en particular, Valerio sintió que sus facultades como chaman volvían más fuertes que nunca, y como resultado, Richard había caído bajo sus dominios, como cual cordero al matadero, al no objetar en ningún momento lo que su vecino haría a continuación.

Comenzó a preparar un brebaje con varios ingredientes que tenía en jarros de barro dentro de la pieza donde se encontraba el altar, y los fue mezclando con una agilidad adquirida por los años, comenzando con la albahaca roja, la flor del cariaco pintón, el polvo de cigarrón verde disecado, la orine de gato tuerto, y, por último, extracto de ruda para el dinero y la felicidad. Ya tenía preparada la mezcla, sólo faltaba la trementina y el amoniaco que era lo último en ligar; y de un zarpazo, volteó toda la totuma llena de líquido encima de la cabeza de Richard, quien sintió una agonía tan desaforada como el preludio de la misma muerte, despertando de todo trance con la rapidez de una centella. Trató de abrir los ojos en medio de su desespero, pero hacerlo en ese momento era una tortura debido al amoniaco y parte de la mezcla que irritaban sus ojos hasta casi no poder resistirlo. Pero su despabilamiento no duraría mucho, ya que por lo fuerte del sahumerio quedó sumergido en lo más profundo de la inconsciencia, casi sin respirar, tan pálido y marchito como una Romelia a mitad del desierto.

Pese a todo pronóstico, el hechicero brujo había logrado a través de Kuai-mare que Richard entrara a la otra dimensión, al mundo de los muertos, despertando sin querer en él un don especial, no solo de comunicarse con los muertos, sino también de percibir la verdadera esencia de los vivos con solo mirarle a los ojos. Por otro lado, en su espectro astral, Valerio trataba de no mostrarse ante Richard, buscaba alguna pista reveladora para lograr desterrar el tesoro escondido y, en ese berenjenal cósmico, el cuerpo sudoroso del muchacho que lidiaba con los embates de su subconsciente, para que al final, su vecino tuviera la visión de ver pasar al abuelo de este montado sobre una mula, dirigiéndose hacia el potrero de ganado. Una propiedad en la cual el viejo había trabajado sin cesar junto con sus hijos estando pequeños; y que luego de su muerte, no les dejó sino comida y ropas. Ni ellos mismos sabían que había hecho con la plata después de haber vendido tanto ganado.

Valerio, en su visión, siguió el rastro montaña arriba, hasta que el abuelo se detuvo en frente del Samán que sobresalía entre los demás árboles de aquella propiedad y, luego de sacar un pico y una pala de la mula, prosiguió a cavar para enterrar una botija grande hecha de barro. Y después de haber depositado el tesoro, a través de un ritual de hechicería en adoración a los dioses Chitonianos, roció veneno de Solimán para sellar el entierro de los posibles saqueadores.

Luego de haber presenciado aquella revelación, al volver a hacer contacto con el mundo real, Valerio no pudo dar con la humanidad de Richard, era como si se hubiese esfumado por obra y gracia de la divina providencia. En la calle, a unos cuantos metros de allí, mucho más allá de la plaza, Richard se hallaba caminando con los ojos que le parecían unos huevos cocidos, sin ver ni escuchar a nadie, hasta que una voz insistente salió a su encuentro. Se trataba de Alberto Maza, un primo lejano, unos cuantos años mayor que lo sujetó del brazo al ver que Richard no andaba en sus cabales. – ¿Caramba primo y porque viene caminando así todo torcío…y además… con esa mirada extraña? Como era de esperarse, Alberto Maza no recibió ninguna respuesta que aquietara su repentino desconsuelo. En ese momento, Richard, por alguna razón, fijó la mirada en un cartel de latón oxidado, cuyas letras reflejaban el nombre del único burdel de Santa Cruz “El Retoño de Hortensia”. Entró al lugar ante la mirada indagadora del morador de aquel lugar mientras se paseaba por un corredor alumbrado con lámparas que reflejaban una luz tenue del color de las cayenas del Jardín de su casa y el peculiar olor a perfume barato que usaban las ficheras del lugar, y que se percibía desde la entrada sin esfuerzo alguno, y como fondo musical, canciones de antaño que parecían contrastar las penas con el olvido de un amor no correspondido. Richard se sentó en una mesa a mitad del salón. En la barra del Bar, a unos pocos metros, se encontraba Paola, aunque su verdadero nombre era Mildred. Una joven de ciudad que trabajaba vendiendo su cuerpo muy lejos de su familia y que tenía algunos meses viviendo en el Pueblo. Se hallaba entablando una conversación con unos de sus clientes más asiduos, y que cuya sinceridad parecía un entredicho. En un vistazo que hizo a su alrededor, como siempre acostumbraba a hacerlo, para prevenirse de alguna cara desconocida que entrara al lugar, percibió que el hombre sentado al lado de Alberto no era un cliente cualquiera, y más con la vestimenta que llevaba puesta. Mirándolo bien, denotó que ya lo conocía o por lo menos lo había visto varias veces, siendo la ocasión más significativa, la vez cuando sintió que la observaba de una manera muy extraña, como queriéndola desnudar con la mirada. Lo que le llamó más la atención, fue que en esta oportunidad su mirada no era la de un perro hambriento de sexo, más bien denotaba algo más que una atracción física, y al cruzar las miradas, fue inducida a ir hasta esa mesa, como atraída por una especie de fuerza invisible, aun sabiendo que Alberto era un borracho sin oficio. – ¡Caramba Alberto, me tenías olvidada! _ Dijo sentándose entre los dos, apretándole con la mano las entrepiernas a Richard. Ella giró la mirada hacia él, mientras Richard no parecía sucumbir ante sus encantos, y para sumarle más tensión al asunto, Paola con sus manos acariciaba su cara con suavidad. Richard no se pudo sublevar ni siquiera un instante ante esa belleza tan abrumadora que castigaba cruelmente en sus recuerdos más elocuentes. Al principio como Richard no respondía a ninguna pregunta que le hacía Paola, ella estuvo a punto de levantarse de la mesa, pero este muchacho la miró de tal manera que no hicieron falta las palabras e inmediatamente Paola lo tomó de la mano y lo condujo hacia las escaleras donde otras mujeres exponían sus encantos. Ella nunca en su vida había sentido querer estar con un hombre como lo sintió aquella noche, era como si el mismo destino le hablase a través de la mirada de Richard. Era una fuerza sin igual que al subir y entrar a la pieza, comenzó a desnudarse casi con desesperación, dejando deslizar el vestido sobre su cuerpo, en medio de una danza improvisada de caricias y besos, mientras con sus propios dedos se abría la tira del sostén que con gran esfuerzo lograba contener sus abultados senos. Cuando ya su cuerpo entero se erguía delante de Richard, observaba al mismo tiempo el rostro de este joven que apenas conocía, cosa que no acostumbraba a hacer con los demás clientes, confirmando que no existía en él ese morbo peculiar de los hombres con quien se acostaba de manera regular. Ver esa mirada cándida que reflejaba los ojos de Richard, era como verse a sí misma cuando se encontraba en el umbral de su adolescencia, donde los abusos de su padrastro y las peleas severas con su mamá llegaron a tal limite que decidió irse sin decir dónde. Sin duda, pudo sentir que todos sus remordimientos le venían a su cabeza en ese mismo instante. Esa sensación era una especie de reflejo de toda su vida, de las cosas buenas, pero también de las malas. Quiso llorar, como lo hacía en su cuarto bajo la impotencia de los abusos y de los castigos recibidos pocos años antes, pero se pudo contener y en un gesto casi de agradecimiento, se disculpó con Richard quien percibía en su mente la verdadera naturaleza de esta mujer que aparecía en su vida de manera inesperada, comprendiendo que tal encuentro iba mucho más allá de un hecho fortuito. Tal revelación lo indujo a besarla de tal manera que luego hicieron el amor envueltos en una cadencia de ternura reciproca que se prolongó por más de dos horas, dejando a Paola sumergida en un sueño profundo, en el mismo lugar que le había servido para aquietar los deseos más obscenos de sus clientes.

A unos cuantos pasos antes de llegar a su casa, y con el recobro de una conciencia zumbándole los oídos, Richard López Marrero, presentía que habría de sucumbir a otro acto de encantamiento, y para su sorpresa, al entrar a la cocina, se dio cuenta de que el Loro no se hallaba en su Jaula. No estaba en la cocina, ni en el corredor, ni en la mata de níspero, en la cual solía treparse para emprender sus huidas diurnas y que no llegaba a ir más lejos de la tercera rama. Y cuando se dirigió al patio trasero, al ver hacia el gallinero, pudo detallar que la tela de alambre estaba rasgada y su interior estaba vacío casi por completo, salvo por el desparramiento de plumas, fiel testimonio de una barbarie escalofriante. _” Tremenda lavativa nos ha echao este Rabipelao del…” _ Quería maldecir al animal a quien creía culpable de semejante atrocidad, pero las palabras en su cabeza se le fueron opacando por el sonido cada vez más fuerte de las campanas de la iglesia, que lo hizo despertar de sobresalto debido al estruendo ensordecedor.

En la plaza junto a la iglesia, las palomas volaron despavoridas y las bambalinas que fueron colocadas apenas unas horas antes, se desprendían de cordeles que parecían serpientes arrastrándose a toda velocidad. El caos tomó desprevenidos, no solo a Richard, sino también a quien a esa hora se encontraba en las cercanías, incluyendo a la joven Raquel Sánchez, quien despertó en unas de las habitaciones del viejo hotel de la plaza, como Dios la trajo al mundo, sobresaltada, desgreñada, y en medio de un colchón tan maltrecho que rechinaba junto al compás de su respiración. La pobre no tenía ni idea de que aquel fatídico episodio de fin de mundo, había sido obra del Párroco de la iglesia, que más que considerase el portador de la palabra del señor, era un firme evangelizador, aun para los casos más difíciles. Era el principal precursor de fe, la contra para los encantamientos y de los sortilegios de hechiceros brujos. Esa mañana el Padre Nemesio se había asomado por la ventana de la habitación parroquial, y como lo suponía, casi nadie parecía tener intenciones de ir a la misa; aún tratándose del día de gracia de la patrona del pueblo, y, por consiguiente, un fiel cumplimiento a las fiestas de guardar, que en apariencia se habían convertido en un atributo al olvido. Así que mandó a todos los monaguillos disponibles para que hicieran sonar las dos campanas a la vez, por lo general se tocaba solamente una y un rato después la otra, porque sonar las dos juntas hacia retumbar todo lo que estuviera en las cercanías. De alguna manera tenía que llamar la atención a los feligreses que, en su mayoría, minutos antes de comenzar la misa, aún dormían, luego de haber prolongado una noche de bailes e ingestión de agua ardiente.

Al principio, Raquel no podía recordar en donde se encontraba, su estado de embriaguez había alcanzado su pico más alto justo en el momento de entrar en la habitación apenas unas pocas horas antes, y ligado con su tan anhelada magnificencia amorosa, no dieron lugar para que pudiera detallar aquel cuarto de hotel tan lúgubre, menos en el momento en que junto a su amante comenzaran a disfrutar del preludio de una noche apasionada. Mientras terminaba de despertar, le comenzaron a aparecer en la mente, como punzadas, los resabios de un amor no correspondido. Su cabeza estaba a punto de estallar, sumado a una sensación incomoda que afectaba su percepción auditiva. De momento, y luego de haber cesado el estruendo, sintió la imperiosa necesidad de salir cuanto antes de aquel cuartucho de mala muerte, pero al levantarse, lo hizo con tal parsimonia, señal inequívoca de que su cuerpo aún se encontraba indispuesto, aun así, logró levantarse, cubriéndose con una toalla que estaba todavía doblada y que sacó debajo de la almohada. Luego, con pasos sin ningún vigor, caminó hacia la ventana presintiendo que algo fuera de lo común estaba sucediendo. Al mirar a toda esa muchedumbre pasar por la calle, y al inclinarse un poco más para ver hacia la iglesia, aun cuando todavía no podía escuchar nada, comprendió de qué se trataba aquel alboroto que la había dejado casi sorda. – ¡Mierda! -Exclamo tan fuerte que sin querer hizo levantar las miradas de dos viejitos que se encontraban sentados en los bancos de enfrente. Abrió la boca nuevamente para maldecir, pero esta vez lo hizo en voz baja tratando de no gritar de nuevo mientras corría la cortina para cerrarla por completo. Como le había regresado progresivamente el sentido de la audición, escuchó el salpicar del agua del tubo que hacía de regadera improvisada, para luego regresarse a la cama, mostrándose un poco más serena. -Bueno… Por lo menos no me dejó sola en esta pocilga-Dijo casi murmurando al ver la silueta de su amante a través de una cortina curtida que dividía el baño con la habitación. En ese momento, Arquímedes salía de la ducha, ajeno a la conmoción que apenas unos minutos antes había estremecido las paredes de aquel cuartucho. Sencillamente no se dejaba inmutar por las extravagancias, por muy escandalosas que estas fueran; en cambio, se mostró tan serio y frio como solía serlo la gran parte del tiempo. Tomó su perfume y al colocárselo impregnó toda la habitación de una fina fragancia maderada. -Me mata ese perfume-le dijo Raquel que todavía estaba en la cama con su cuerpo totalmente desnudo, incitando a Arquímedes a que hicieran el amor nuevamente. Él se le acercó un poco, pero para tomar sus pantalones que había dejado sobre lo que parecía ser una mesita de noche. Abrió la boca sólo para decir las cosas concretamente, como era su costumbre hacerlo. -Anda, levántate…Tenemos que irnos.

Raquel caminó sobre sus rodillas estando en la cama para acercarse y rozar, con sus pechos desnudos, la espalda todavía entumecida de Arquímedes; luego comenzó a masajear su cuello y hombros tratando de decirle que se quedara otro rato, y así dejar pasar el tiempo para no salir en medio de la muchedumbre, pero al ver que fracasaba su intención, no le quedó otra que dejarlo ir sólo- Dale, no te preocupes todavía me toca arreglarme- Le dijo con un aire de frustración, asomando su nariz cerca de su cuello mientras este permanecía sentado en la cama colocándose las botas.

A unos cuantos metros de allí, la misa comenzaba sin ningún apremio ni retraso. El Sacerdote hacia su aparición en medio del canto de bienvenida designado para misas especiales. Había cinco monaguillos que hacían de vocales en los cantos, bajo la dirección de la maestra de escuela Josefa Álvarez de Salazar, quien también dirigía a su no tan devoto esposo Silvio, que hacía maravillas con la guitarra. Poco antes de terminar la última estrofa, en medio de un altar que lucía imponentes ramos de Azucenas blancas y Calas de Galipán, el Padre Nemesio, conteniéndose para no explotar en desacato a su vocación sacerdotal, fijaba la mirada en los visitantes no habituales de la sacristía, como tratando de intimidarlos para que se sintieran apenados por no recibir de manera constante la sagrada comunión. Y en la homilía, hacia énfasis en los muchos pecados que acechaban al pueblo, envuelto en un peregrinar de palabras que parecían desvanecerse con el humo de las velas, pero igual retumbaban en la conciencia de los que aun creían en el don divino de la palabra del Señor- ¿Aún piensan ustedes que se ganaran un lugar en cielo?… Así nada más… sin sacrificio ni ofrenda que dar, ni oración que fortalezca su fe…Se encubrió en hombros colocando sus manos en ambos extremos del altar para proseguir luego- Es verdad no les voy a mentir, tendrían que orar mucho… tendrían que hacer muchas penitencias para curar vuestras almas- Hizo esta exclamación, refiriéndose a los tantos pecados que consumían a la mayoría de los habitantes de Santa Cruz, como el comején había consumido las vigas de muchos de sus techos- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos- Dicho esto, cerró los ojos alzando los brazos en señal de clemencia, mientras, se sentía en el ambiente un olor inverosímil, producto de la mezcla de aromas entre velones ardientes, de las flores y del alcohol que emanaba hasta por la piel de los parranderos de oficio, quienes en el fondo le tenían cierto respeto al cura, por no decir temor, por su ímpetu de corregir lo casi incorregible en aquellas almas que se creían perdidas y que fueron encaminadas como un rebaño de ovejas hacia la conversión definitiva; pero como en la viña del Señor nada es perfecto, aún quedaban vestigios que parecían incurables de algunos males que, en muchas sesiones en el confesionario, les hacían revelar al Padre, quien consideraba esta labor incesante, su verdadera vocación.

Doña Francisca, viuda de López, era una de esos pocos feligreses fieles que en apariencia solo parecían poseer el pecado original consabido. Asistía a la misa en cada domingo para escuchar con mucho fervor el sermón que con cada frase negaba claudicar su fe ya arraigada en ella, sobre todo, luego de la muerte repentina de su marido. Cuando tenía un año de edad y daba sus primeros pasos, le colocaron una vacuna que había sobrepasado la fecha de vencimiento. El error la postró por varios años a una silla de ruedas; pero cuando tenía dieciséis, en una misa de Pentecostés, con la mirada fija al Jesucristo Redentor, pidió con mucha fe lo que días después se convertiría en un milagro. Había despertado de un sueño portentoso ya casi al amanecer de un día sábado, su Madre le daba de comer a las gallinas en el patio, sin sospechar que se llevaría la más grata de las sorpresas, y era de ver a su hija parada en la puerta mirándola fijamente con la cara tan risueña que le explotaba de alegría. Su semblante siempre fue apacible, aunque algunas veces algo riguroso, según la ocasión. A veces se dejaba llevar por sus propias nostalgias cuando sentada al final del corredor mientras tejía y escuchaba a lo lejos los ecos de los gritos de los muchachos al bañarse en el río, le sobrevenía de repente la viva imagen de su gran amor. Se veía a sí misma con el vestido estampado con flores de tulipán sin mangas, y los zapatos negros de medio tacón que recién estrenaba cuando vio por primera vez a Don Miguel. Siempre lo recordaba con algo de picardía reflejada en su rostro. No era precisamente un galán, pero al tomarla de la mano esa primera vez, hace ya más de veinte años, le hacía suspirar más que nada en el mundo cuando le dijo_ Estas flores significan toda mi vida, ahora las coloco en tus manos.

Tuvieron tres hijos, la mayor Carmen Francisca, nacida justamente nueve meses luego del matrimonio, que a pesar de que ya había alcanzado la edad de hacer de su vida como ella quisiera, seguía comportándose con la rebeldía de una adolescente cuya mayor frivolidad parecía estar radicada en hacer todo lo contrario de lo que doña Francisca le encomendaba, y más, cuando en plena misa, se apareció Roberto, un vecino de amistad un poco dudosa, montando a Ruiseñor, que agitaba su testa desafiando a Carmen a que saliera, mientras ella con una sonrisa pícara veía con el rabillo del ojo el menor descuido de su madre para salir de la iglesia.
Le sigue Richard, por ser el hijo varón y con su padre fallecido, se desempeñaba en la mayoría de las tareas el potrero de ganado que alguna vez fue de su familia, es sus tiempos libres, andaba merodeando por la plaza, casi siempre en búsqueda de algún amorío, y otras veces escuchaba las historias de los viejitos que las encontraba entretenidas, siendo la leyenda del silbón una de sus favoritas. Según los relatos, un día el silbón quiso comer asadura de venado y su padre salió a cazar el antojo de su hijo, pero no tuvo suerte de cazar nada, y al ver que su padre no regresaba salió a buscarlo y en el camino lo vio con las manos vacías. El muchacho, al notar que este no traía lo que le pidió, lo mató y le llevo las asaduras a su madre para que las cocinara. Como no se ablandaban, la madre sospechó que eran las de su marido y, preguntándole al muchacho, este le confesó la verdad.
Fue maldito por su madre y su abuelo, quienes le soltaron a un perro bravo para que lo mordiera. Su espíritu vaga por las calles usando un sombrero y un saco a cuestas con los huesos del papá. Hubieron infinidades de historias relacionadas con el Silbón, pese al realismo con que Richard las percibía no terminaba de creer del todo en ellas, pues no creía para nada en lo sobrenatural.
María Mercedes, la menor, fue siempre poseedora de una actitud totalmente mesurada en comparación a su hermana mayor, sobre todo en su razonamiento en cuanto a la percepción de las cosas; sin embargo, estaba convencida de que la tentación incitada por los hombres al piropearla en esos pocos momentos en que se dejaba ver, se encontraba tan solo a un paso de poseerla por completo. Así lo percibía desde los catorce años, cuando su hermosura comenzaba a destacarse muy por encima de las demás muchachas. Incomparable a lo que jamás los habitantes del pueblo podrían haber visto antes. La tersura de la piel en su rostro igual a una virgen inmaculada, pómulos algo redondeados y, la infinita belleza de sus ojos negros, que atravesaban el alma de los jóvenes y viejos y, que en definitiva atraía mucho más las miradas de aquellos rostros sombríos que automáticamente se deslumbraban ante su presencia. En la iglesia la mayoría trataba de disimular, sobre todo los que ya venían acompañados de sus parejas, pero los que no, se agazapaban tratando de observar a esta muchacha que muy pocas veces mostraba tal hermosura en público. Pero, así como le llovían los pretendientes en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, María Mercedes no daba por sentado ningún romance, aunque fuera platónico, no por los prejuicios de la gente, ni de su propia Madre, más bien porque en el fondo sentía que nadie en el pueblo se esmeraba lo suficiente como para enamorarla.

Ese día el prefecto Apolinar Sánchez Meneses había acudido a la misa en compañía de su esposa Esther, que lo miraba advirtiendo sus debilidades ante los pecados de la carne, sin dejarse inmutar ante este comportamiento tan senil de su marido, por considerarla una conducta habitual en los hombres, y más aún teniendo en cuenta la desventura de sus años a cuestas; así que no le prestaba mucha importancia. Le preocupaba mucho más enseñar la vestimenta de última moda y su peinado estilo europeo, el cual era sin duda lo que más llamaba la atención de aquella gente que el fondo llegó a sospechar que la mujer del Prefecto estaba perdiendo la cordura.
Apolinar Sánchez Meneses antes de involucrase con la política había estudiado la botánica en una Hacienda no muy lejos del Pueblo. Allí descubrió las propiedades curativas de las plantas, con el tiempo, fueron las medicinas patentadas y las fórmulas elaboradas en el mortero lo que recetaba para curar a sus innumerables pacientes. Era reconocido en esos tiempos como un benefactor incansable. Tenía la misión de regalar insumos a los habitantes de escasos recursos económicos. Debido a estas ayudas fue que poco a poco el Prefecto, como se conocería algunos años después, fue considerado como una autoridad civil en Santa Cruz y como Médico practicante del Dispensario. Sus ocupaciones políticas no le impedían atender sus obligaciones con la salud, así que la Jefatura Civil en muchas ocasiones fue despacho para impartir justicia y también Dispensario improvisado para recetar enfermos; sin embargo, con el correr de los años, algunas de sus diligencias no fueron tan populares debido a que muchas veces aplicaba medidas sanitarias que fueron en muchos casos motivo de protestas y escándalos colectivos por la incomprensión de la gente, y para agravar la situación, amenazaba con meter presos a burros, vacas y cochinos, para garantizar el pago de multas a los dueños que se retrasaran con el pago de los impuestos.

Cuando el Prefecto miró a María Mercedes al pie de las escaleras de la Iglesia, ese día en que el supuesto de escuchar la palabra de Dios junto a su Señora, todavía resonaba en su conciencia como un tranquilizante ante los recuerdos de sus amoríos estando mucho más joven, no le bastó, ni en la más sagrada de las intenciones, en omitir ante lo que percibía su mirada, el encanto de la sonrisa de esta muchacha, acompañada de los más bonitos ojos que habría de poder apreciar en toda su existencia. Mientras recorría los últimos metros antes de abordarla se sumaron todas esas fantasías locas de revivir sus amoríos de cuando era joven, y en el momento que se acercó para preguntar su nombre, comenzó a quejarse de un dolor en una de sus piernas que le sobrevino de repente y, en una exhalación del tiempo, pudo darse cuenta que ya otros hombres también comenzaban a rodearla. Entretanto, María Mercedes tragó profundo y entabló una conversación con toda naturalidad con estas personas que apenas conocía, colocando así un atractivo adicional a su belleza. Carmen le hizo señas con un silbido que quebrantó su hechizo y, a pesar de que el asombro le corría por sus venas, se despidió tratando de ser cortés, pero antes de bajar las escaleras de la iglesia se quitó los zapatos para ir casi corriendo donde se encontraba Carmen.

En ese momento La ruta de tres municipios importantes se cubrió en su totalidad, arrancando desde la plaza donde un grupo nutrido de coleadores y caballistas, se preparaban para enrumbarse por toda la calle principal hasta la Manga. Las dos hermanas se mostraban fascinadas por la emoción de ver a esos hombres y mujeres luciendo vestiduras típicas del llanero, que en su transitar alzaban sus sombreros jineteando a aquellos animales que parecían que formaban parte de una coreografía excelsa. En cuanto a María Mercedes, se había dejado llevar por aquella fascinación a tal punto de no objetar en lo absoluto en el momento en que Carmen la tomó por el brazo y la llevó hacia donde estaba su amigo Roberto montado sobre su caballo, el mismo ejemplar lusitano que los llevaría a la manga de coleo.

Año tras año, desde que María Mercedes tenía memoria, sólo podía escuchar desde su casa la voz del animador y la algarabía de la gente; y ver tan de cerca todo aquello la entusiasmaba de tal manera que comenzaba a darse cuenta que la vida poseía otras emociones, mucho más allá que ayudar a su madre a coser y darle comida a las gallinas y cochinos.

La mayoría del público había llegado a la manga en caballos, mulas, burros, y bicicletas, colmando las talanqueras desde el coso al tapón de manera familiar y pacífica, sin ningún tipo de inconvenientes. El espectáculo contaba con un excelente ganado parejo y correlón cómo ya era costumbre en esta competencia. Un personal técnico de primera encabezados por el presidente de la Asociación de Coleo del Estado, el cuerpo técnico y la participación del Cardenal de Turiepe, además se contó con la crema innata de los mejores coleadores y aficionados de todas las regiones del país. Luego de varios minutos, los coleadores salieron sobre sus caballos buscando derribar al toro en plena carrera. Se veía a uno de los jinetes adelantar al animal muy cerca de la baranda, con la intención de halarlo en la primera zona de coleo, pero la cola se le rodó a tal punto que no pudo sujetarla bien. Siguieron rodando hasta la segunda zona donde no pudo arrimar más.

A pesar de la reinante algarabía María Mercedes demostraba de momento mucha incomodidad por lo apretado del vestido que llevaba puesto y, sin pensarlo dos veces se bajó de la talanquera sin hacerle caso a su hermana quien la trataba de convencer de que se quedara un rato más. Carmen Francisca giró su vista hacia donde se encontraba Roberto y se quedó pensando como si pudiera escuchar a su conciencia por primera vez, no por el simple hecho de estar sentada en la talanquera aupando a los coleadores, sino porque la reacción de María Mercedes de alguna manera y quizás por ese breve espacio de tiempo le hizo pensar de manera un poco más consiente. Pero era de esperarse que tal arrebato inusitado de su pensar no le duraría mucho tiempo; y justo cuando se bajaba de la talanquera se apareció Arquímedes montando a Cuerpo Malo. Animal de raza criolla, rápido, arrimador y con buena fortaleza. Tocaba el segundo turno en la rueda. El nuevo contrincante alzó la mirada firmemente hacia el animador levantando su mano derecha a medias para avisar de su presencia, luego, presionó ligeramente con sus espuelas detrás de la cincha para enrumbarse hacia la pista. Tanto Carmen como María Mercedes quedaron absortas al escuchar la algarabía del público que recibía al gran coleador, el campeón imbatible- Vistes, de lo que nos íbamos a perder – dijo Carmen en una actitud de querer regresarse-No sé porque tanto alboroto por un simple Coleador-Comentó María Mercedes que parecía firme en irse hasta su casa, pero nada más le bastó cruzarse de miradas con Arquímedes para que los dos quedaran petrificados por varios segundos.

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